sábado, 14 de diciembre de 2013

Mesianismo, corrupción y poder

Mas quiere forzar a Rajoy a negociar y alargar su mandato hasta que cambie el Gobierno central.
El presidente de la patronal andaluza, Santiago Herrero, presentó esta semana la renuncia voluntaria tras descubrirse un pufo de 30 millones de euros relacionada con la promoción inmobiliaria, como publicóelEconomista. Fue nombrado para ocupar la presidencia de la patronal española durante la etapa de Zapatero y de Manuel Chaves, al frente del Gobierno andaluz. Ambos apoyaron con millones la gestión de Herrero, sin control sobre su gestión.
Un alto cargo de los empresarios alemanes nos comunicó que el problema de España no es la corrupción, sino la falta de instrumentos jurídicos para perseguir a sus responsables y sancionarlos. El escándalo de la patronal sigue al de UGT-Andalucía.
El jefe de los empresarios andaluces se revolvió contra Juan Rosell, presidente de la CEOE, cuando le pidió que se marchara. El secretario general de UGT en Andalucía, Francisco Fernández Sevilla, se resistió durante semanas a presentar su dimisión. Lo hizo porque la Junta reclamó la devolución de 1,8 millones utilizados de manera fraudulenta. El propio Cándido Méndez, que procura echar un manto de tierra sobre los numerosos escándalos que asedian a UGT, es considerado no sólo una carga, sino también el responsable de la caída del sindicalismo español como siga al mando de la UGT.
El jefe de la patronal madrileña, Arturo Fernández, sale en los periódicos por sus deudas con Hacienda. Él se defiende con que representa las dificultades por las que atraviesan hoy miles de empresarios y es cierto, por desgracia.
El exceso de vanidad no sólo anida en las patronales. Ahí tienen a Juan Miguel Villar Mir, a la sazón presidente de OHL, que va por su quinto reconocimiento nacional o internacional desde que fue imputado por la Audiencia Nacional por las presuntas donaciones al PP.
Cuando manifesté mi sorpresa a Arturo Fernández porque desde la Cámara de Madrid, que también preside, se diera el Premio Tiépolo a un imputado como Villar Mir, me contestó algo así: "Eso son tonterías, si no ha hecho nada, además, hay tantos [imputados]". Como Arturo Fernández, soy partidario de respetar la presunción de inocencia, pero premiar por ello, me parece excesivo. ¡A lo que hemos llegado!
El mesianismo es un mal endémico del poder en España. Aznar creyó que él era el elegido para conducir a España por el camino de la prosperidad y la virtud. Su sucesor, Zapatero, despreció, como se ha visto, los consejos de su vicepresidente, Pedro Solbes, para enderezar el rumbo de la economía y encargó la tarea a una neófita en la materia, Elena Salgado, quien llevó a España a la ruina. Hoy Zapatero sigue culpando a la crisis internacional, que se resistió a identificar hasta que lo arrolló.
Como aprender de los errores pasados es una costumbre en desuso, Artur Mas recurrió esta semana al mismo truco. El presidente de la Generalitat lo hace, por lo visto, para ganar tiempo, ante la presión de su socio de ERC, Oriol Junqueras, que a cambio aprobará los Presupuestos. Su estrategia va dirigida a presionar a Rajoy para que se siente a negociar una mejora de las condiciones económicas para Cataluña.
Mas es consciente de que su autonomía jamás podrá independizarse de España, simplemente porque no puede permitirse el lujo de abandonar el euro, al igual que lo era José Antonio Ardanza, antecesor de Ibarretxe, que gobernó en Euskadi durante más de un lustro. El nuevo Mesías catalán sabe que conduce a su pueblo hacia el abismo y sólo pretende alargar su mandato hasta 2016 para dar tiempo a que cambie el Ejecutivo de Rajoy, según sus allegados. El problema es el desgaste para Cataluña y para CiU de una travesía por el desierto tan larga.

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